Calle vacía

Cambios

Soñé con engendros
desnutridos en lodazales.
Me asaltaban de noche quejas
ahogadas, vaporosas de amanecida:
espejo lenticular, salmodiando
en un rincón oscuro.
Un tirso necesitaba
para cerrar círculos. No hallarlo
fue la constante.
Sueño premonitorio,
sueño báquico,
sueño de otro ser que susurra.
Si corto la celosía, el umbral queda
descubierto. Oteo. Un rostro
janicular presumo en mi nuca,
algo olvidado o no descubierto
aún. ¿Llegó ya enero? ¿Ya
me ha asaltado el cambio?
Exageran los espejos: las crisis,
solo cambios. Que calle ya
el irrespetuoso susurro, que mis lunas
no las gobierna nadie.
Todo, jolgorio de panderetas
y decorados de arcillas mal secadas
y una balaustrada para que contemplen
los infelices una novedad maquillada
—un juguete roto con esmoquin
impoluto—, todos vestidos de sonrisas
y perfumes rojos.
Ni siquiera imaginan que
entre diciembre y enero quedan
dos meses perdidos, dos meses
que solo soslayan con la imaginación
los inagotables,
los empedernidos y los que no
se dejan engatusar con parsimonias
festivas.
Pero mi sueño,
mis pesadillas oculares,
siguen agazapadas.
Sé la verdad: ese rostro
posterior, ese susurro oculto,
ese sueño, todo eso
soy yo, perdido entre entes, caído
en combate tras el bombardeo
igualitario.

Anuncios

Nosotros ante el machismo

Preámbulo

Hoy quisiera apartarme de la temática habitual del blog. No voy a hablar de poesía, ni siquiera de literatura o arte en general. El asunto que me trae hoy hasta aquí es el machismo y la intención de, como hombre, como parte del problema, alzar la voz y contar cosas dichas mil veces ya por mujeres más sabias que yo.  Un aviso, si eres parte del problema y no quieres mejorar, para inmediatamente de leer.

Me ha impulsado a escribir esto un encuentro con unas conocidas que hacía tiempo que no veía (además, del proceso judicial contra La Manada y la fecha del 25 de noviembre, que me han animado a prepararlo ya). Entre charlas y puestas al día, surgió un tema tristemente habitual para las mujeres: la inseguridad en la noche y los hombres que se quieren propasar. No penséis que estoy ciego. No hace falta que se me cuente para saber lo que ocurre a diario. Observo de manera constante actos machistas por do quier, de todas las magnitudes y variedades. El problema es la constatación de un hecho horrible sufrido por gente cercana a mí. Recibir de sus propios labios la realidad, aunque supiera de ella antes, duele, y no soporto la idea de quedarme de brazos cruzados. Esto que hago hoy es insuficiente, pero espero que sirva de algo mínimamente.

Y el dolor viene de muy adentro, porque yo no seré la persona ejecutora de esos actos violentos, opresores y deleznables, pero formo parte de una sociedad que, en suma, por multitud de acciones y gestos que podrían parecer insignificantes, impele a las acciones más desagradables. Sin duda, escribo esto para hacer recapacitar sobre nuestros actos del día a día y sobre cómo ayudar a la sociedad a avanzar. Voy a tocar muchos puntos distintos y espero que la falta de cohesión se complete con la inteligencia de los lectores.

El humor machista

Antes que nada, quisiera hablar del humor y de la palabra, de todo lo que decimos que muchas veces recibe el perdón de la sociedad debido a que es violencia verbal, no física (una violencia que se pretende enmascarar con otras palabras, pero no deja de serlo). Se ha hablado y discutido siempre de los límites del humor, de la falta de libertad en este tema, de gente quejándose de que ahora todo el mundo se ofende. Debéis saber que el humor tiene límites y debemos ser muy inteligentes para usarlo de la manera correcta. Los chistes machistas, los tópicos estirados hasta el desvelo, el insulto con sorna, todo ello es cruel y despreciable por contexto. Quiero explicarme. Esos mismos chistes, dedicados a un hombre, son menos violentos y menos ofensivos debido al contexto. El hombre no está en una situación de desigualdad en la que le puedan afectar negativamente esos comentarios. Permitidme poner un ejemplo. Imaginemos que estamos en un tanatorio. Ha fallecido el padre de un amigo nuestro y alguien tiene la brillante idea de hacer bromas sobre el difunto, sobre su torpeza al volante, su aspecto en vida y sus manías, riéndose a carcajadas. Creo que a todos nos parece obvio que en ese contexto el humor sobra y es insultante. Parece que el humor sí que tiene límites, al fin y al cabo.

Vamos a un contexto igual pero mucho más amplio y complejo: el de la mujer en nuestra sociedad. Si en un contexto de tristeza no hay cabida para las gracias y los chascarrillos, en uno que afecta a tantas personas durante tanto tiempo, mucho menos. Si participáis de este tipo de bromas y os ofendéis cuando os piden que no las hagáis, enarbolando un dudoso derecho de libertad de expresión, recordad bien vuestras palabras cuando en un momento bajo para vosotros hagan bromas desagradables.

A esto hay que añadir que estos chistes no son graciosos ni siquiera intentando conseguir un contexto adecuado (el cual, siento decepcionaros, no existe). Son gracias basadas en tópicos machistas, venidos de una sociedad que desde sus albores tiene a la mujer ninguneada. Son burlas que se basan en una especie argumentación ad populum: como la parte de la sociedad con más poder (el hombre) piensa que la mujer es inferior, esto es cierto sin necesidad de dar más explicaciones. Demostráis, quienes penséis así, una falta de inteligencia y de razonamiento notables.

Sin embargo, he de añadir que no creo que sean simples bromas. A día de hoy, no conozco a ninguna persona que participe de esos chistes y realmente los considere una broma, un juego ficticio e irreal. En verdad, todos ellos creen firmemente en lo que reflejan esas palabras, convirtiendo el humor en algo que desprestigia y ofende.

El empleo de estadísticas sin fundamentos

Llegados a este punto, en conversaciones siempre surge alguna voz enojosa con datos y cifras y estadísticas que pretenden refutar la existencia de machismo, pretenden demostrar algo que hacen llamar hembrismo y, a efectos, pretenden dejar todo como está sin querer ver la realidad. Por favor, mucho cuidado con los “datitos” numéricos. Por supuesto, los números nunca mienten. Miente nuestra interpretación sobre los mismos y nuestra falta de conocimientos. Un porcentaje no demuestra nada, es un simple porcentaje. Se debe cotejar con muchos datos más, no solo estadísticos o numéricos, sino antropológicos y sociales. Si queréis tomar las estadísticas como argumentos de peso, hacedlo de la manera correcta: estudiando los datos, investigando a fondo, leyendo con atención y acudiendo a fuentes seguras. Estoy seguro de que una vez hecho esto, vuestra opinión cambiará por completo.

Los argumentos sin base

No solo de “sabios estadistas” está el mundo lleno, también nos encontramos con hombres que lucen una serie de argumentarios que parecen “Palabra de Dios” o losas de piedras con mandamientos inapelables. Me refiero, por supuesto, a la falta de fundamentos de los mismos, no a que tengan algún tipo de valor real. Que quede claro, me encanta discutir, y no me refiero a la discusión violenta y enojada, sino a su significado más amplio de intercambiar opiniones con alguien con un punto de vista distinto. Recomiendo a todo el mundo hablar con los demás y poner a prueba sus razonamientos, es la mejor forma de aprender y avanzar. Pero solo se puede avanzar si llegamos hasta la discusión con la mente abierta, dispuestos a descubrir que no tenemos la razón y a rectificar y derrumbar toda la ideología que tenemos a nuestras espaldas. Sin embargo, normalmente, este tipo de personas con argumentarios pobres y tópicos no atienden a razones. Lo único que pretenden es perpetuar su superioridad de una forma violenta (porque sí, hay más violencia que la física, la negación de la opinión del que tenemos delante es otro tipo de violencia más).

Los profesores y la educación

Siempre he tenido fe en que las nuevas generaciones serían más puras y superiores. Pero, en mis días de profesor, me decepciono al comprobar que nos estamos estancando. Y la culpa no es de la juventud, ni mucho menos. La culpa es de la convivencia con las generaciones polvorientas que todavía seguimos en pie. Un futuro prometedor nos espera, si ofrecemos una educación en valores de rigor a los alumnos. Siento decir que todavía queda mucho que andar en este camino. Las charlas que se ofrecen sobre machismo son escasas y muchas veces con ponentes poco adecuados para la ocasión. Se quedan como un mero añadido a la enseñanza, y la educación en valores cae en un plano secundario la mayor parte del curso.

Además, los compañeros profesores, muchas veces están cargados de sesgos machistas que inculcan al alumnado. ¿Podéis creeros que a día de hoy todavía no hay un modo de selección de profesorado según sus valores éticos y sus cualidades morales? Se insiste en ámbitos investigadores y de legislación en que el profesor es un mero guía en la adquisición de conocimientos y que debe educar en valores al alumnado, pero eso, en la práctica, no se ve traducido en nada. Para que un profesor adquiera una plaza se le exige hacer unas oposiciones que solo evalúan sus conocimientos en la materia impartida. Cualquier persona, con cualquier tipo de valores morales puede acceder a la enseñanza e inculcar sus pervertidos ideales. No podemos seguir permitiendo este círculo de machismo. Debe haber algún modo de cortar todo esto.

Pero la culpa no se encuentra solo en el profesorado. Para ser padres o madres tampoco se nos pide un examen, pero deberíamos hacer un examen de conciencia profundo. ¿Soy lo que necesita mi hijo o mi hija? ¿De verdad tengo los valores adecuados como para aceptar esta responsabilidad? Si no pulimos nuestros valores y decidimos tener descendencia, estamos atentando contra la felicidad de nuestros hijos o hijas y contra la felicidad de quienes les van a rodear.

Y a todos los que no queréis entender o no queréis cambiar os quiero dar un consejo: guardaos esos pensamientos abyectos para vosotros. No os acerquéis a la juventud con ideas dañinas y machistas. Dejad que tengan una vida alegre, formada desde el respeto, la igualdad y la tolerancia. Pensad que no tenéis nada que decidir en su porvenir, guardad silencio y prejuzgad desde un rincón oscuro. Por favor, no impidáis el avance lógico hacia el fin del machismo. Cada vez que inculcáis una idea que vilipendia a la mujer o algún sesgo cultural en un chaval, hacéis que todos retrocedamos un paso. Si no lo hacéis por vosotros, que en cuyo caso sois un caso perdido para mí, al menos no arrastréis a más gente hacia vuestro pozo.

Nosotros ante los actos machistas

Basta ya, además, de la inacción de los hombres. Algo que escuché es que una de esas conocidas tenía en unas fiestas a un pesado que le decía que quería toquetearla y nadie a su alrededor hacía nada. ¿Cómo se puede ser tan sinvergüenza? Si alguna vez habéis estado en esa situación, en la que una amiga necesita ayuda con un imbécil y vosotros no habéis hecho nada, sabed de mi parte que sois despreciables. ¿Qué se os pasa por la cabeza? ¿Creéis que es un tipo de juego erótico de las eras glaciares donde la mujer se resiste, pero en el fondo le gusta? ¿Creéis acaso que no es de vuestra incumbencia? ¿O es que os da miedo el borracho que la está molestando?

No, no, no y no. La mujer habla el mismo idioma, tiene las mismas necesidades y las mismas motivaciones. No quiere a un macho ibérico cargado de testosterona y sesgos culturales. Necesita ayuda en esos momentos. Aprovechad vuestra maldita situación de privilegio para algo bueno de una vez. Si un trauma que se puede alargar demasiado estando vuestra amiga sola, se puede solventar en apenas unos segundos gracias a vuestra intervención, ¿por qué no reaccionáis? Sois unos cobardes. Sois peor, incluso, que el enajenado que incordia a vuestra amiga. Al menos él no tiene ninguna relación emocional con ella. Vosotros, en cambio, sí. Vuestra espalda se convierte en algo mucho más cruel y doloroso para ella en ese momento. La decepcionáis. Nos decepcionáis a todos. 

¿Creéis acaso que pueden ser muy graves las consecuencias si os interponéis? No lo creo. Debido a vuestros privilegios de hombre lo que os pueda pasar en la peor de las situaciones será mucho menor que lo que le pueda pasar a la amiga que debéis defender. Mostrad valentía de la manera más noble de una vez, no en peleas de gallos sin sentido. Plantad cara en defensa de la gente que queréis y demostrad que tienen un apoyo en vosotros. Y si las consecuencias fueran realmente malas, no os preocupéis. Pensad que así los medios se harán más eco de lo ocurrido y servirá para el cambio (otra vez, debido a la prioridad que se le da al hombre).

Debéis entender que con vuestra inacción normalizáis la situación. No podemos seguir estancados en algo tan cruel. Si respondéis y actuáis, ayudáis a que todo esto acabe algún día.

Los actos machistas más crueles, culpa de la sociedad

Después de todo esto, comprobaréis que no he hablado de las situaciones más tristes: acoso, maltrato, violación, asesinato y un largo etcétera. Solo quiero aclarar que la más mínima acción machista, la sociedad misma con su inacción, anima a estos degenerados a actuar impunemente. Todo repercute en crear una sensación de normalidad que está muy lejos de la realidad. Todo lo que no apoya al feminismo, supone una palmadita en el hombro para aquellos degenerados. Todo lo que he señalado antes confabula para que del aleteo de una mariposa surja el tornado, si se me permite la analogía.

No estoy nada orgulloso de esta sociedad, de los políticos que ponen mucho empeño en callar a tuiteros por sus chistes o actúan con velocidad ante “amenazas secesionistas”, pero no toman cartas en la violencia machista a todos los niveles, de padres que vomitan horrores en los oídos de sus hijos, de profesores poco comprometidos que miran para otro lado. No estoy orgulloso. Más bien, siento vergüenza de ser de un modo u otro partícipe de todo esto, de sentir que cargo contra una pared demasiado sólida y no sé qué hacer, de que las mujeres luchen con todas sus fuerzas y sigan sin obtener todo el apoyo que necesitan, de levantarme cada día con la idea de que no avanzamos.

Y para los que llevan a cabo esas acciones de acoso y derribo, de violencia extrema, de violación, no tengo palabras. Siento que me encuentro ante monstruos sin ningún tipo de raciocinio. Tienen todo mi desprecio.

Pero todos somos culpables. Y espero que no se escape que el centro de mi discurso ha sido el hombre. Tened por seguro que el hombre es el culpable primero y último de todo esto. Tenemos tantos deberes olvidados, tanto que hacer. Y, una vez lo hagamos, no esperéis un aplauso o una ovación. ¿Desde cuándo hay que felicitar a alguien por hacer lo que debe hacer? Habría que vitorear a las mujeres por hacer lo que no deben: soportar lo indecible, luchar con un espíritu valiente y ser unas auténticas heroínas a diario.

Me duele y mucho todo esto. Y si quisiéramos ver los problemas de nuestra sociedad con ojo clínico, no solo eliminaríamos el machismo de raíz, sino también la homofobia, la transfobia, la xenofobia y todas aquellas injusticias que cargan contra el diferente y el débil. Yo quiero un mañana feliz para mis alumnos y, en especial, para mis alumnas. Quiero ver algún día antes de desaparecer que sangre nueva ha hecho las cosas mejor de lo que yo pude imaginar siquiera hacer, que todo marcha bien. Sin embargo, a este paso y con los hilos de viejos envidiosos sobrevolando sobre las vidas de los demás, veo complicado que pueda verlo. Ojalá me equivoque. Ojalá un nuevo amanecer a la vuelta de la esquina.