Un crisol frente al olvido

Ya nací con la naturaleza olvidada
y profanados los nombres —más real era
la mención de una mujer que el aroma de una flor—.
Tan ajeno se ha mostrado el pasto del tiempo
que debemos estudiarlo casi como culturas perdidas,
y los jardines serán nuestros museos. Somos
un perfume químico o refresco azucarado
—productos para enmascarar la sinrazón—.
Hemos cedido ante lo cotidiano para perder
a tientas nuestra seña, nuestra esencia y nuestro cariz.

Mas esperanzados siempre estaremos
en la conjunción de rimas de color. Pido
que se asista a la juventud como a mí
se me asistió, con una camelia por testigo:
crisol de almas, centro solar, lento palmar
de imaginaciones. Si no es el fruto más real
de la vida, si no es la raíz más flamígera
o el verdadero corazón imperecedero
de la naturaleza, ya no sé en qué creer.

¿No somos acaso trasunto de camelia nacida del invierno?
¿No dormitamos hasta la fría era de plásticos
para acabar mostrándonos dentro de la frugal
expectación del colorido círculo?
Contemplémosla,
y averigüemos sus secretos más recónditos.
Contemplémosla para contemplarnos.

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