La inspiración en literatura y la desmitificación del medio

Es habitual escuchar sobre poesía y literatura en general que para escribir hay que tener algo especial, hay que sentir y vivir de un modo único. Es una apreciación maravillosa en el sentido más amplio, pero me asusta ver lo que eso esconde de fondo. Cuando alguien afirma eso, suele querer expresar una intención antiacadémica y autodidacta. No habla de ese “duende” andalúz o del sentido innato del autor, sino de una ausencia de esfuerzo y trabajo tras las obras literarias.

Cuando leo o escucho estas opiniones, no puedo contener mi imaginación, que rápida confecciona a un joven alocado, volcado en la vida y que dedica un minuto al mes para escribir. Ahora bien, ese minuto le permite llenar páginas y páginas porque está cargado de sentimientos únicos por haber vivido su vida al máximo. Me genera una visión moderna de lo que opinaban los romanos sobre los poetas: unos vagos alocados que no tienen ni oficio ni beneficio.

Creo, con todo, que esta opinión afecta muy negativamente a la literatura y la desprestigia. No se valora ni social ni política ni económicamente la labor de grandes autores. No debemos olvidar los problemas asociados a los derechos de autor y la jubilación, por ejemplo, con sinsentidos como el de los herederos de los derechos de autor (ellos no tienen ningún problema en compaginarlo con otros ingresos, el autor en vida sí). Tampoco es aceptado por la sociedad en general, que nunca ve como un trabajo real la labor de los escritores, no solo de palabra, sino de acción (por supuesto, me refiero a la piratería). Siento ser crítico, pero esto también nos lleva a una oleada de gente con ganas de escribir y publicar, pero sin ninguna preparación detrás de la obra. No me refiero a estudios universitarios, no creo que sean necesarios, pero sí una labor de lectura constante y casi eterna, un cuidado por la expresión escrita que solo se consigue prestando atención a lo leído y una labor de lectura activa de los grandes clásicos para interiorizar el buen hacer literario.

En verdad, la creación literaria oculta unos modos y unos tiempos muy alejados de esta opinión común. Para crear y escribir primero se necesita una dura y larga formación que puede ser facilitada por los estudios universitarios de Letras, pero que pueden adquirirse de múltiples formas distintas. Para ello, la forma más lógica es leer, leer no tanto cantidad sino calidad. Hay que acercarse a los clásicos y a los grandes autores contemporáneos y antiguos. De nada sirve acercarse a una obra mediocre que solo nos va a mostrar un catálogo de errores. Tampoco sirve leer sin más. Se requiere una lectura activa, una lectura lenta que permita desmenuzar los entresijos del texto y nos ayude a entender el porqué de cada palabra y hasta de cada coma. Las dobles lecturas, los sentidos ocultos y la búsqueda de estética en un texto son facetas complicadas que requieren de un lector atento para percibirlas. Solo aspirando a ser el mejor lector podemos aspirar a ser un buen escritor.

La inspiración no se consigue de la nada, la inspiración se consigue con una ardua preparación, activa y esforzada. Aun así, después de generar la inspiración, hay todavía un duro camino por delante para plasmarla en palabras. No sirve escribir la primera llamarada que sobresalta nuestras mentes. Hay que dejarla reposar y labrarla. Hay que dedicar los días a hacer que brote como huerto verdoso y, pasados duros temporales y duras vigilias, entonces sí, volcarlo en un texto premeditado y estudiado, que tenga un porqué tras cada palabra.

No dejo de pensar que el problema que subyace a esta concepción de la literatura es el desprestigio de las Humanidades en general. Nunca he oído decir que científico se nace, no se hace o que hay que tener un algo especial para las ciencias, una sensibilidad única. Más bien percibo una dicotomía entre el científico trabajador y esforzado preparado para el mercado laboral y el humanista vago de aspecto desaliñado que no sabe hacer nada con su vida. Parece que todo lo que tiene que ver con Humanidades o Arte lo podría hacer cualquiera y no requiere de ninguna preparación, mientras que las ciencias son algo prestigioso y recibe el aplauso popular allá donde voy.

Ojalá un gobierno más comprometido con la enseñanza de las Letras de una manera más eficaz. Ojalá una asignatura exclusiva de literatura para tener tiempo suficiente para educar al alumnado en esta noble arte. Ojalá unos profesores de ciencias que no estuviesen cargando de manera constante contra las Humanidades con la famosa frase “pero tú eres listo, ¿cómo vas a hacer el Bachillerato de Humanidades?”. Y no me olvido del IVA insultante para la cultura, los problemas con los derechos de autor antes citados, las pocas ayudas al mundo cultural que pocas veces llegan a quien quiere empezar con todo el ánimo del mundo y un sinfín de motivos y razones que me demuestran que la literatura no tiene en esta sociedad todo el respeto que se merece.

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